Adiós

Vi sus ojos, resplandecientes, mirándome con esa carita tan pequeña llena de dulzura. En ese momento comprendí que todos los esfuerzos habían valido la pena. Supe que la quería, que la quería más que a mi propia vida, y ya no tuve miedo.

Se me cerraron los ojos a causa del cansacio. Sólo podía pensar en esos ojos azules, risueños, y en su felicidad. Tenía que estar bien. Tenía que estar segura de que estaría bien.

Un pinchazo de dolor me recorrió la columna vertebral. Noté un crujido cuando mi cuerpo sufrió un espasmo a causa del pinchazo. Me sumí en una oscuridad impenetrable. El dolor se hizo más intenso. Mi cuerpo no reaccionaba a mis órdenes, estaba totalmente paralizada.

Pensaba que era imposible sufrir tanto dolor. La imagen mental de aquellos pedazos de cielo empezó a resquebrajarse. Recé para que ella fuera feliz. Y en un grito ahogado que nadie oyó, me dejé ir.

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