Nervios

“Sí, quiero”. Las palabras salieron de mí como por arte de magia. Yo no había pensado pronunciarlas. Desde que había comenzado el día mi cuerpo había decidido no reaccionar a ningún estímulo y mucho menos a una orden mía.

Gracias a Dios, Sofí se había encargado de todo sabedora de que los nervios iban a jugarme una mala pasada. Incluso mi madre decidió no mostrarse mucho por la misma habitación en la que yo pudiera estar.

En la mañana, después de derrarme tres veces el café y pincharme varias veces con una horquilla (lo que provocó múltiples gritos, alaridos e insultos de los cuales no fui consciente), decidí no abrir la boca y dejarme hacer lo que quisieran. Sofí estaba encantada, por supuesto, no todos los días se casa una hermana, y mucho menos una hermana pequeña.

Pero después de haber pasado el peor día de mi vida, ahí estaba yo, dándole el consentimiento eterno a aquél que había sido, y sería, el gran amor de mi vida.

No me di cuenta de la realidad hasta que él susurró mi nombre en mi oído, “Laia, ya ha pasado todo” y acto seguido me plantó un beso lento, suave, lleno de sentimiento que devolví, quizás, con demasiada intensidad.

Unos cuantos carraspeos y risas ahogadas me hicieron saber que efectivamente había sido una respuesta desmesurada.

Cuando me separé de él, no sin cierto fastidio, me dedicó una de sus sonrisas torcidas que tanto me gustaban; “te quiero”, me dijo, “para siempre”; y supe que esas palabras tenían más valor del que nadie podía sospechar.

Un pensamiento en “Nervios

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